lunes, 1 de mayo de 2017

Participación del Laboratorio de Escritura PALABRA ESCRITA en la Semana del Idioma UFPS




Madre en mis cosas
(Obra Completa [2005] Casa de Poesía Silva)

Madre, yo aquí con mis cosas:
con este cuerpo usado que deseo cambiarme,
con el polvo pegado en el vestido, en los zapatos,
con esta cal que me mantiene el peso,
con esta ceniza que me hace mover las manos,
mover las sienes, que me alarga hasta un metro con setenta
y que de pronto se amasa con sueños para que me sienta
barro.

Madre, tu hijo cuenta
once años más desde el día de tu nunca;
tiene rayado el tacto, ríos tácitos en los ojos
y ha movido los pies por las horas
como buscando ser más hueso.

Te contaré, Madre,
me he dejado crecer las barbas
y todavía me llamo Eduardo;
Padre sigue sembrando árboles,
Guillermo es arquitecto y se ha casado,
Helena hace lo que tú hacías
y yo viviendo, consumando el olvido.

Madre, una noche de música
me escribiste el cuerpo con toda tu ternura
y alimentaste mi tristeza con una mirada que yo no entendía
pero que fue tan clara, que sabía tanto...

He cruzado estos años llenos de savia y agua
y he consumido los ojos esperándote;
porque yo recuerdo que por el sol de los venados
enhebrabas tus manos con un hilo muy fino
y cosías mi primer traje apoyada en tu vientre,
tu vientre que Gemela y yo habitábamos.

Te contaré algo terrible: soy poeta
y padezco la ternura de las cosas.

Es muy duro ser poeta, Madre,
y, sin embargo, entre ricas palabras,
se descubren las cosas al nombrarlas.

También recuerdo
el viaje que contabas cuando me tenías dentro,
el dedal que comprendía los colores y el remiendo
y que de pronto cantaba en tu dedo
toda la ropa blanca que después planchabas.

Madre, ¿te acuerdas de mis enfermedades?
Pues todavía sigo enfermo.
Hoy es primero de septiembre y son las doce del día,
estoy en un café de Madrid y acabo de llegar de un viaje.

Madre, no estoy en la patria,
estoy en un país lejano que tú no conociste
pero del que siempre hablabas, y decías, España,
como quien le da nombre a la luz,
como quien parte de una hermosa ausencia.

Como te puedes dar cuenta
todavía sigo enfermo.
Madre, te contaré que tengo amigos,
son buenos y me los hubieras aconsejado si vivieras.
Hernando es pequeño y mi mejor amigo
porque todas las mañanas entreabre sueños
con su rostro puro como las estaciones;

Alberto se parece a la yerba
y porque ama su infancia estudia medicina;
Rafael es humilde como para llevarlo por un cuento;
Mario y Pepe son poetas: el uno nació en Nicaragua
y el otro en Jerez de la Frontera
y ambos están llenos de universo
como si estuvieran secos por construir tantos ríos;
Gutiérrez recorta huellas para tener pasos de futuro;
Pérez Chanis es arquitecto
y por todas partes va cantando como si quisiera edificar el aire;
Toral tiene mil vidas para repartir a sus amigos;
Diego es profundo y camina por la tierra con la cabeza
levantada
buscando un mar en cada estrella;
Pedro Antonio va por el mundo sin saber la dirección de sus
pies
y su andar está lleno de auroras;
Agulla usa gafas y se alarga en el tiempo
como buscando un sitio para su gran cuerpo;
Paco Urioste es un boliviano sencillo, buen médico
y abarca con sus manos de ascendencia inca
las primeras muertes de los hombres;
a Geirr Tveitt (Gei vait) se le acaba de morir el padre
entre un gran silencio nórdico;

Soler es Curro y andaluz pero muy triste,
triste como si viera claridad en las cosas;
Enrique está de nuevo en Cúcuta
y quiere ser político y más hombre;
Labordeta es poeta, redondo y baturro
y una noche decidió cambiar su Zaragoza por el mundo;
también Colmeiro, quien vive apresuradamente su estatura;
y Luis Eduardo que tiene el alma llena de banderas
y Darío que es pintor y Guillermo que también pinta
y Antonio que es sordo, pero que oye
la música que sale del trigo de Castilla
y que de tarde vende vino en la taberna.

Madre, estos son mis amigos,
pero no están todos,
faltan los demás y sus muertes.

Madre, se me olvidaba Juanita,
la chica vasca, que me arregla el piso.
Juanita que se despierta en la voz
para contarle a los ojos que ha soñado
que dentro de poco se va a casar.
Es como una oveja con flores en la lana.

Madre, todavía no me despido.
Me hace falta contarte algo a ti que me quieres tanto:
resulta que mis labios se ataron a un nombre
y que todos mis abuelos apresuraron el paso por mi sangre
para que yo amara, resumiéndolos,
en un total de corazón y sueños.

Sí, Madre, ahora no soy más que ternura.
Y como no la conoces voy a decirte cómo es:
tiene un corazón tan grande
que a veces no le cabe en el pecho y lo reparte por las flores
y a mí me toca recoger pájaros claros que han picoteado su
corazón.

En sus ojos caben todas las distancias
y van pintando de celeste al tiempo,
su aliento es el refugio de mi voz cansada
y mi oído guarda todos sus suspiros.

Madre, ella alcanza casi tu estatura
y tiene un nombre donde el mar se desborda
y una cabellera rubia que no hace mucho
dividía en trenzas.

Es blanda cuando yo la acerco a mis brazos
para que sienta mi amor bajo su pecho.
Yo me ilumino con su voz
y mi sombra está pegada a sus dedos.

Como ves, Madre, sigo todavía enfermo.

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